La plaza quedó vacía, podía oír mis pasos mientras avanzaba por ella, tal era el silencio. Escuchaba mis voces internas en una discusión ensordecedora y los latidos de mi corazón atribulado, fluctuando entre miedo, angustia, firmeza, gozo, dolor; golpeaban con fuerza cada uno pretendiendo imponerse a los demás; la verdad, creo que era el miedo quien salía triunfante.
Mientras tanto, seguía avanzando dentro de la plaza.
Reduje mi paso para analizar mi miedo,-y es que tiene tantas aristas como una fina joya- no encontraba la razón de mi temor, empecé a darme cuenta que dentro de mí una profunda tristeza estaba agazapada, pareciera que no quería me diera cuenta de su presencia... ahí en mi interior se gestaba una gran decepción. Lo peor de todo es que el desencanto no provenía de una situación externa,aunque he de reconocer que muchas cosas en mi vida andaban mal y me sentía poco hábil para hacer frente a tanto problema por resolver. Pero esa desilusión era interna... me había embarcado en una relación amorosa y parecía que mi barca zozobraba, buscaba el lado optimista de las cosas, justificando mi falta de pericia, sin embargo, muy bien sabía que era cobarde y no quería ver la realidad. Esta, por cruel y dolorosa, disfrazaba un miedo a estar sola, una frustración y un tremendo fracaso, creí poder contener, apoyar, compartir; en una palabra, convivir, pero ahí, frente a mí, estaba una estatua desmoronándose, una escultura hecha de arena que con el viento se deshacía sin que pudiera hacer nada al respecto, tan solo llorar, lamentarme, mecerme los cabellos en el colmo de mi desesperación. Lo había intentado todo y a cada esfuerzo sobrevenía un nuevo tropieso, y mi sensación de impotencia se iba acrecentando. ¿Hoy tocaba doblar las manos? me preguntaba incesantemente. ¿Habría que cerrar este capítulo?. Insensato parecía continuar, seguir invirtiendo mi tiempo y mi esfuerzo en esta causa perdida.
Mi corazón seguía latiendo fuertemente y sus latidos en la plaza vacía, hacían eco en mi vida que se iba vaciando, dejándome sin un propósito y a la vez con una gran tarea: reconstruirme, volver a mi vida.
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IRENE MARTINEZ CAVA
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